Tribunales populares?
"......La noticia del crimen indignó a familiares y vecinos de la pequeña víctima. Esa noche, luego de la detención del adolescente, apedrearon e incendiaron la vivienda del confeso homicida. Ayer al mediodía, los vecinos volvieron a entrar en el terreno y prendieron fuego una camioneta que pertenecía a la madrastra del chico acusado...." La Nación 28/03/06
MAR DEL PLATA.- "......Entre insultos que llegaban hasta la sala de audiencias e incidentes en el acceso al edificio, un tribunal absolvió y dejó en libertad anoche a un profesor de educación física acusado de haber abusado sexualmente de 21 alumnos de entre tres y cuatro años de un jardín de infantes que depende del obispado local. El gran operativo policial desplegado en los tribunales no alcanzó para contener la ira de familiares de las supuestas víctimas, que descargaron su bronca contra allegados al imputado, entre ellos, uno de sus hermanos, al que le causaron serias lesiones en el rostro...." La Nación 28/03/06
Lo que el primer fragmento que elegí de la crónica periodística no dice, es que antes del incendio, algunos de los indignados justicieros, huían llevándose consigo lo que podían sacar de la casa del "culpable", como pudo constatarse en las imágenes que TN 24 Horas difundió el 27/03/06 al mediodía, y que no encontré en las ediciones de los noticieros de la noche de ningún canal.
El episodio es doblemente trágico: porque ha costado la vida de una inocente de cuatro años de edad y ha arruinado para siempre la vida de un adolescente de dieciséis años apenas, sobre cuyas circunstancias personales poco o nada se sabe todavía. Así, la condición de tragedia está dada no solo por las consecuencias sangrientas del hecho, si no además, por la circunstancia de que ambos protagonistas son niños, o casi.
¿Es la Argentina una sociedad violenta o hay violencia en la sociedad argentina?
MAR DEL PLATA.- "......Entre insultos que llegaban hasta la sala de audiencias e incidentes en el acceso al edificio, un tribunal absolvió y dejó en libertad anoche a un profesor de educación física acusado de haber abusado sexualmente de 21 alumnos de entre tres y cuatro años de un jardín de infantes que depende del obispado local. El gran operativo policial desplegado en los tribunales no alcanzó para contener la ira de familiares de las supuestas víctimas, que descargaron su bronca contra allegados al imputado, entre ellos, uno de sus hermanos, al que le causaron serias lesiones en el rostro...." La Nación 28/03/06
Lo que el primer fragmento que elegí de la crónica periodística no dice, es que antes del incendio, algunos de los indignados justicieros, huían llevándose consigo lo que podían sacar de la casa del "culpable", como pudo constatarse en las imágenes que TN 24 Horas difundió el 27/03/06 al mediodía, y que no encontré en las ediciones de los noticieros de la noche de ningún canal.
El episodio es doblemente trágico: porque ha costado la vida de una inocente de cuatro años de edad y ha arruinado para siempre la vida de un adolescente de dieciséis años apenas, sobre cuyas circunstancias personales poco o nada se sabe todavía. Así, la condición de tragedia está dada no solo por las consecuencias sangrientas del hecho, si no además, por la circunstancia de que ambos protagonistas son niños, o casi.
¿Es la Argentina una sociedad violenta o hay violencia en la sociedad argentina?
Durante su último gobierno, el general Perón dijo en una entrevista que la violencia en manos de los pueblos no es violencia, sino justicia. Ese pensamiento suyo no impidió que poco tiempo después descalificara a Montoneros -que pretendían representar el pensamiento y el sentir del pueblo y del propio Perón- por sus métodos violentos en contra de personas que, como los dirigentes del "movimiento obrero", tenían a su entender más méritos que esos "imberbes". Aquí es, a mi juicio, donde un presidente constitucional en ejercicio convalida que la justicia pueda ser ejercida fuera de los tribunales.
El veterano general había desatado desde Madrid los demonios de la violencia en socorro de su proyecto político, pretendiendo que los encerraría cuando volviera al país para asumir el gobierno y el poder, que desde la óptica del efímero presidente Héctor Cámpora no eran ya la misma cosa. En realidad, esta idea de separación entre gobierno y poder -propia de una Argentina donde muchas cosas parecen ser, pero no son-, se había instalado implícitamente en la sociedad a causa de la existencia desde 1958 de gobiernos civiles con fuertes condicionamientos por parte de las fuerzas armadas, como fueron los de Arturo Frondizi, -cuyo período fue completado por José Maria Guido con la férrea vigilancia de los militares-, y de Arturo Illia, todos ellos de común origen radical, en un escenario político signado por la proscripción del peronismo. Las únicas ocasiones en que gobierno y poder estuvieron en las mismas manos durante ese período, fue durante los gobiernos militares de facto, que ocuparon el poder la mayoría del tiempo.
Lo cierto es que tanto Montoneros como las demás agrupaciones armadas no gubernamentales, aspiraban al poder político, y comenzaron por pretender controlar el "gobierno popular" dada la debilidad física del anciano caudillo, y la existencia de un entorno de ultra derecha reaccionaria encabezado por la vicepresidenta de la nación y esposa de Perón, Maria Estela Martínez y su círculo íntimo con José López Rega -creador de la triple A- a la cabeza.
Entre los procedimientos que Montoneros utilizaba con sus prisioneros, estaba el de su juzgamiento por lo que la propia organización denominaba -en sus comunicados y bandos- "tribunales populares", que no eran integrados con personas del pueblo en general, sino con dirigentes de sus propios cuadros. Demás está decir que dichos "tribunales populares" actuaban totalmente al margen de la justicia ordinaria, y por fuera del sistema formal del estado argentino, así como que tampoco aplicaban norma de derecho alguna, como no fuera su propio convencimiento de la culpabilidad de los acusados.
Es en la continuidad de los métodos violentos después de instalado el gobierno constitucional, encabezado por un presidente elegido por el pueblo pero designado candidato por el líder primero, y casi inmediatamente después por el propio líder y su esposa, radica a mi juicio el carácter de subversivo y terrorista del accionar de esas milicias autodenominadas populares.
En este sentido, opino que el pueblo en su conjunto nunca apoyó la lucha armada, con verdadero apoyo popular esas milicias no hubieran sido vencidas tan rápidamente como lo fueron. En consecuencia, la por muchos repudiada teoría de los dos demonios se instala por la propia voluntad de los demonios.
El pueblo en su conjunto nunca quiere la violencia, aunque más no sea por temor y comodidad. Mas allá de sus partidarios puntuales, el común de la gente no apoyó nunca la violencia subversiva, fuera esta civil o militar. Por esa razón, son casi siempre minorías intelectualmente formadas las que asumen la tarea revolucionaria, y esas minorías -en el caso argentino- provenían de la propia clase social que decían combatir. En ese aspecto, la acusación dirigida a la clase media (a la que denominaban burguesía) de ser "desclasados", les cabe también, perfectamente. La violencia, cuando reemplaza la voluntad popular, siempre es subversiva, provenga de donde provenga. Y siempre es terrorista porque instaura -o pretende instaurar- el terror; claro que cuando el causante es el estado el hecho es mucho más aberrante, ya que la fuerza que el pueblo deposita y confía a las manos del estado, solo debe usarse para mantener las instituciones de la constitución y la integridad de la nación, y no para eliminar u hostigar a sus ciudadanos.
Más de treinta años después, con todo lo que Argentina ha sufrido en ese lapso, la subjetividad social es, indudablemente, otra muy diferente.
Una sobre exposición al escarnio y al dolor al que nos han sometido sucesivamente un gobierno bochornoso por su inoperancia, violencia e inmoralidad como el de la presidenta Perón, que inauguró en nuestro país el terrorismo de estado a través de la actuación de la triple A; una dictadura criminal y terrorista como la protagonizada por las fuerzas armadas desde 1976 a 1983, que suprimió nuestros derechos más elementales -como el derecho a la vida y las ideas- y nuestras libertades más escenciales; y gobiernos no menos venales e inoperantes que el primero de los citados desde 1983 hasta la fecha -aunque con un estilo de violencia algo diferente-, han actuado sobre el ánimo social con consecuencias que aún no me atrevo a medir, pero que episodios como estos que me ocupan hoy me inclinan a suponer son de temer.
Una predisposición a actuar de manera marginal, reaccionaria y violenta como respuesta a situaciones que van desde la demanda de reivindicaciones o mejoras sociales, pasando por objetivos ecológicos, el reclamo de castigo para los señalados como culpables de delitos sociales, o la demanda de cajitas felices en un restaurante de comidas rápidas. Común denominador: las víctimas de tales actos de vandalismo, cuando son individuos o comercios con poco o ningún poder. Ante la imposibilidad o el temor de alcanzar a los causantes esenciales del estado de injusticia, se arremete ciegamente con quien está mas al alcance. Cuando no, se destruyen o dañan bienes públicos, los que entre nosotros en lugar de ser de todos, son de nadie.
Con estas actitudes nada se soluciona y nada cambia, pero el instinto violento queda momentáneamente canalizado.
Si la violencia pudiera alcanzar algún grado de legitimidad por la trascendencia de la demanda que la produce -con lo que no estoy de acuerdo en absoluto- su uso indiscriminado la vuelve definitivamente desmesurada y funesta.
Ya se: se dirá que es fácil pensar de esta manera cuando se tiene la mayor parte de las necesidades materiales satisfechas. La carencia de cualquier índole ¿justifica por sí misma la violencia ciega? No, porque no todas las personas que sufren faltas son violentas.
Valga como ejemplo lo ocurrido en estos días, a raíz del anuncio del grupo musical Callejeros de que volverán a actuar en público. Si la denuncia de su líder de haber sido amenazado de muerte por uno de los padres de las víctimas de la masacre de Cromagnon fuera cierta, no deduciremos por eso que todos los familiares de las víctimas y los sobrevivientes amenazan de muerte.
Si el dolor, el desencanto y la rabia lo justifican todo, mucho me temo que esta sociedad se halle en vías de disolución.
Como perteneciente a una generación que convivió con la violencia y la ilegitimidad, defiendo este estado de derecho, aún imperfecto cuando no claudicante. El piquete, el patoterismo, la pueblada, vienen supliendo la presencia del estado en muchos frentes.
En un entorno de avasallamiento de los derechos del prójimo, y de falta permanente del mutuo respeto entre los ciudadanos en su mayoría, asambleas de "ambientalistas" que jamás estudiaron ecología, toman en sus manos la defensa de su medio ambiente y las relaciones con un país limítrofe cerrando las fronteras, mientras los organismos (competentes?) del estado permanecen ausentes. Piquetes animados por la indignación impugnan con violencia las decisiones de la justicia y exigen su revisión, o impiden el libre tránsito de sus conciudadanos porque han decidido tomar como propio determinado espacio público, etc., etc., etc.
¿Cómo vine a desembocar aquí pasando por los hechos de Rafael Calzada, Mar del Plata, Cromagnon, los sucesivos gobiernos, las organizaciones armadas, y demás? Tratando de responder a la pregunta del subtítulo: ¿Es la argentina una sociedad violenta, o hay violencia en la sociedad argentina?
De que hay abundancia de violencia en nuestra sociedad no me cabe duda. Tampoco tengo dudas de que esta sociedad viene sufriendo distintas violencias desde hace mucho tiempo. Encuentro serios síntomas de disolución social; un permanente juego de Antón Pirulero, donde cada cual atiende su juego, y el que no: una prenda tendrá. De ahí a una sociedad violenta, veo un solo paso. Sociedad violenta y canalla, porque no hacemos más que cometer errores, y como sociedad no nos hacemos cargo de las consecuencias. Nunca.
El veterano general había desatado desde Madrid los demonios de la violencia en socorro de su proyecto político, pretendiendo que los encerraría cuando volviera al país para asumir el gobierno y el poder, que desde la óptica del efímero presidente Héctor Cámpora no eran ya la misma cosa. En realidad, esta idea de separación entre gobierno y poder -propia de una Argentina donde muchas cosas parecen ser, pero no son-, se había instalado implícitamente en la sociedad a causa de la existencia desde 1958 de gobiernos civiles con fuertes condicionamientos por parte de las fuerzas armadas, como fueron los de Arturo Frondizi, -cuyo período fue completado por José Maria Guido con la férrea vigilancia de los militares-, y de Arturo Illia, todos ellos de común origen radical, en un escenario político signado por la proscripción del peronismo. Las únicas ocasiones en que gobierno y poder estuvieron en las mismas manos durante ese período, fue durante los gobiernos militares de facto, que ocuparon el poder la mayoría del tiempo.
Lo cierto es que tanto Montoneros como las demás agrupaciones armadas no gubernamentales, aspiraban al poder político, y comenzaron por pretender controlar el "gobierno popular" dada la debilidad física del anciano caudillo, y la existencia de un entorno de ultra derecha reaccionaria encabezado por la vicepresidenta de la nación y esposa de Perón, Maria Estela Martínez y su círculo íntimo con José López Rega -creador de la triple A- a la cabeza.
Entre los procedimientos que Montoneros utilizaba con sus prisioneros, estaba el de su juzgamiento por lo que la propia organización denominaba -en sus comunicados y bandos- "tribunales populares", que no eran integrados con personas del pueblo en general, sino con dirigentes de sus propios cuadros. Demás está decir que dichos "tribunales populares" actuaban totalmente al margen de la justicia ordinaria, y por fuera del sistema formal del estado argentino, así como que tampoco aplicaban norma de derecho alguna, como no fuera su propio convencimiento de la culpabilidad de los acusados.
Es en la continuidad de los métodos violentos después de instalado el gobierno constitucional, encabezado por un presidente elegido por el pueblo pero designado candidato por el líder primero, y casi inmediatamente después por el propio líder y su esposa, radica a mi juicio el carácter de subversivo y terrorista del accionar de esas milicias autodenominadas populares.
En este sentido, opino que el pueblo en su conjunto nunca apoyó la lucha armada, con verdadero apoyo popular esas milicias no hubieran sido vencidas tan rápidamente como lo fueron. En consecuencia, la por muchos repudiada teoría de los dos demonios se instala por la propia voluntad de los demonios.
El pueblo en su conjunto nunca quiere la violencia, aunque más no sea por temor y comodidad. Mas allá de sus partidarios puntuales, el común de la gente no apoyó nunca la violencia subversiva, fuera esta civil o militar. Por esa razón, son casi siempre minorías intelectualmente formadas las que asumen la tarea revolucionaria, y esas minorías -en el caso argentino- provenían de la propia clase social que decían combatir. En ese aspecto, la acusación dirigida a la clase media (a la que denominaban burguesía) de ser "desclasados", les cabe también, perfectamente. La violencia, cuando reemplaza la voluntad popular, siempre es subversiva, provenga de donde provenga. Y siempre es terrorista porque instaura -o pretende instaurar- el terror; claro que cuando el causante es el estado el hecho es mucho más aberrante, ya que la fuerza que el pueblo deposita y confía a las manos del estado, solo debe usarse para mantener las instituciones de la constitución y la integridad de la nación, y no para eliminar u hostigar a sus ciudadanos.
Más de treinta años después, con todo lo que Argentina ha sufrido en ese lapso, la subjetividad social es, indudablemente, otra muy diferente.
Una sobre exposición al escarnio y al dolor al que nos han sometido sucesivamente un gobierno bochornoso por su inoperancia, violencia e inmoralidad como el de la presidenta Perón, que inauguró en nuestro país el terrorismo de estado a través de la actuación de la triple A; una dictadura criminal y terrorista como la protagonizada por las fuerzas armadas desde 1976 a 1983, que suprimió nuestros derechos más elementales -como el derecho a la vida y las ideas- y nuestras libertades más escenciales; y gobiernos no menos venales e inoperantes que el primero de los citados desde 1983 hasta la fecha -aunque con un estilo de violencia algo diferente-, han actuado sobre el ánimo social con consecuencias que aún no me atrevo a medir, pero que episodios como estos que me ocupan hoy me inclinan a suponer son de temer.
Una predisposición a actuar de manera marginal, reaccionaria y violenta como respuesta a situaciones que van desde la demanda de reivindicaciones o mejoras sociales, pasando por objetivos ecológicos, el reclamo de castigo para los señalados como culpables de delitos sociales, o la demanda de cajitas felices en un restaurante de comidas rápidas. Común denominador: las víctimas de tales actos de vandalismo, cuando son individuos o comercios con poco o ningún poder. Ante la imposibilidad o el temor de alcanzar a los causantes esenciales del estado de injusticia, se arremete ciegamente con quien está mas al alcance. Cuando no, se destruyen o dañan bienes públicos, los que entre nosotros en lugar de ser de todos, son de nadie.
Con estas actitudes nada se soluciona y nada cambia, pero el instinto violento queda momentáneamente canalizado.
Si la violencia pudiera alcanzar algún grado de legitimidad por la trascendencia de la demanda que la produce -con lo que no estoy de acuerdo en absoluto- su uso indiscriminado la vuelve definitivamente desmesurada y funesta.
Ya se: se dirá que es fácil pensar de esta manera cuando se tiene la mayor parte de las necesidades materiales satisfechas. La carencia de cualquier índole ¿justifica por sí misma la violencia ciega? No, porque no todas las personas que sufren faltas son violentas.
Valga como ejemplo lo ocurrido en estos días, a raíz del anuncio del grupo musical Callejeros de que volverán a actuar en público. Si la denuncia de su líder de haber sido amenazado de muerte por uno de los padres de las víctimas de la masacre de Cromagnon fuera cierta, no deduciremos por eso que todos los familiares de las víctimas y los sobrevivientes amenazan de muerte.
Si el dolor, el desencanto y la rabia lo justifican todo, mucho me temo que esta sociedad se halle en vías de disolución.
Como perteneciente a una generación que convivió con la violencia y la ilegitimidad, defiendo este estado de derecho, aún imperfecto cuando no claudicante. El piquete, el patoterismo, la pueblada, vienen supliendo la presencia del estado en muchos frentes.
En un entorno de avasallamiento de los derechos del prójimo, y de falta permanente del mutuo respeto entre los ciudadanos en su mayoría, asambleas de "ambientalistas" que jamás estudiaron ecología, toman en sus manos la defensa de su medio ambiente y las relaciones con un país limítrofe cerrando las fronteras, mientras los organismos (competentes?) del estado permanecen ausentes. Piquetes animados por la indignación impugnan con violencia las decisiones de la justicia y exigen su revisión, o impiden el libre tránsito de sus conciudadanos porque han decidido tomar como propio determinado espacio público, etc., etc., etc.
¿Cómo vine a desembocar aquí pasando por los hechos de Rafael Calzada, Mar del Plata, Cromagnon, los sucesivos gobiernos, las organizaciones armadas, y demás? Tratando de responder a la pregunta del subtítulo: ¿Es la argentina una sociedad violenta, o hay violencia en la sociedad argentina?
De que hay abundancia de violencia en nuestra sociedad no me cabe duda. Tampoco tengo dudas de que esta sociedad viene sufriendo distintas violencias desde hace mucho tiempo. Encuentro serios síntomas de disolución social; un permanente juego de Antón Pirulero, donde cada cual atiende su juego, y el que no: una prenda tendrá. De ahí a una sociedad violenta, veo un solo paso. Sociedad violenta y canalla, porque no hacemos más que cometer errores, y como sociedad no nos hacemos cargo de las consecuencias. Nunca.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home